25/6/20

De un "Diario anónimo" 11: "El arte del diario".

Muchas son las maneras de llevar un diario personal, muchos sus posibles objetivos. Casi a diario cambian y se alternan, como se alternan y cambian casi a diario en quien lo escribe los intereses, las curiosidades, las emociones, las diversas reacciones, en fin, a las diversas y múltiples experiencias cotidianas, desde el despertar del sueño críptico de la madrugada hasta la interminable vigilia del insomnio y sus obsesiones. 
De todo cabe en un diario personal, sobre todo si más que de un diario se trata de un carnet o un vademécum, o como se pueda nombrar eso que la tradición, desde antiguo conoció como libro de lo común--dígase “cajón de sastre”--en que se consigna en curioso desorden la abigarrada colección de los diversos materiale que recoge la experiencia individual de alguien atento a sus circunstancias y aquejado de no se sabe qué mal del espíritu que lo lleva a acaparar cuanto en ella ve y descubre.  
Pensé en esto cuando, al sentarme hace poco a dar cuenta por escrito de lo que hice en el día, advertí que al quitarme de la solapa la pegatina con que el museo te identifica como visitante que has pagado tu entrada, en vez de tirarla a la basura o pegarla en un poste, como lo hacen tantos, la pegué en esta página antes de escribir nada. 
Es algo que hago constantemente esto de pegar en las páginas de mi libreta de bolsillo las entradas al cine, al teatro, a conciertos, a museos; las boletas de restaurantes que valieron la pena, la etiqueta de algo cuya compra me satisfizo, y en general cuanto papel pueda documentar para el futuro del recuerdo un acontecer memorable.
Ni hay que decirlo que toda visita a un museo de arte es memorable. Y la de hoy, sin duda ha de serlo, si sólo porque descubrí algo que, por prestar atención exclusiva a varias obras predilectas, no había visto en otras ocasiones: un bellísimo ejemplar de caligrafía china. 
Ignorante de la lengua sólo puedo apreciar la estética visual de esa escritura ajena, para mí enigmática, e imaginar qué voz se me esconde en esa filigrana que el pincel diseñó tan delicada y decididamente. 
Al mirar tal obra de arte supe--lo sentí vívidamente--que escribir, como lo hago ahora, no es un proceso puramente mental sino esencialmente físico. Que cuando tomo la pluma y la llevo al papel estoy cumpliendo un antiquísimo ritual que se remonta a un pasado de buriles y pinceles adaptados a la mano y la materia--piedra y greda, papiro, tinta y papel, pergamino o seda--de que está hecha la escritura.         
Labor de artífice cumple el escritor.           
Obra es la suya tan material como un cuenco de porcelana en la mesa del banquete o una estela monumental de granito en medio de la estepa. 
Tan físicamente concreta como ese texto de caligrafía que admiré largamente esta mañana en el museo--al que he de volver para admirarla de nuevo--y como este cuaderno mío --¿y por qué no?--en que anoto, a mano y en mi propio filigrana apresurado, noticias de todo lo vivido que, no sé bien por qué, guardo y acumulo.          
Muchos son, en efecto, los modos de llevar un diario personal, muchas sus diversas motivaciones y objetivos.

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