22/9/19

El pesimismo de don Baruj

--Me preocupo más de la cuenta--piensa don Baruj con algo de acusatoria culpabilidad. Sabe muy bien de qué pie cojea y admite su debilidad: dejarse amenazar por su propia imaginación un tanto pesimista.

--El pesimismo--ha dicho alguna vez--tiene sus virtudes: disuadir de hacerse ilusiones y proteger de caídas en entusiasmos enceguecedores.

No pareció convencer a muchos su raciocinio: los optimistas son tozudos. 


--Como defecto tiene--añadió en esa oportunidad--el que fomenta cinismos depresivos que conducen a un quietismo de abandono. Induce también el temor desconfiado del futuro y sus inevitables viscisitudes.

Contrario al optimista, que es apasionado y activo--según don Baruj--el pesimista es pasivo y temeroso de toda forma de emotividad.

--Se mueve--dice don Baruj--cautelosamente y, a veces, preocupado más de lo que debiera.

13/9/19

Ideas fijas

Todos llevamos en la cabeza --nos dice don Baruj-- y en el sistema nerviosos entero --o más bien en las propias tripas-- una serie de certezas ya aprendidas aquí y allá, ya razonas por nosotros mismos, ya caprichosamente adoptadas porque se nos ocurren de repente, nos parecen certeras y no admiten reproche o duda alguna. 

Son nuestras ideas fijas, el mapamundi de nuestra personalísima esfera.

                                                     
                                                         Rodrigo de la Sierra

3/9/19

Concepción del mundo

Tres de los parroquianos de siempre, filósofos orales --orates de café dice uno de ellos-- conversan a media tarde. No hay nadie más en el local agigantado por la ausencia de ese público que alguna vez lo repletó de conversaciones. 



--"Sólo sé que nada sé" dijo un sabio. 

--Sabio también el que lo cita. 

--Saber es no saber, es reconocerse imperfecto, no por ignorancia, que es no querer averiguar, sino por esencial incapacidad humana. 

--El ignorante, dirás, se da por satisfecho y fanfarronea. 

--Si lo hace es porque en su ignorancia se cree saberlo todo, incluso la verdad, esa suma de pretensiones, ese engaño: la artimaña del dogma, modelo de lo inventado.

--Ciertamente. Y ya los has dicho alguna vez: Todo dogma se diseña y se designa en blanco y negro; ninguno de ellos admite la riqueza varia del color ni la sutileza del claroscuro ni del esfuminado.

--Habla el dibujante y pintor. Buenas tus imágenes de lo obtuso.

--El blanco es pura luz--aclara el visualizado--, el negro total carencia de ella. 

--Uno encandila, el otro ciega--cree necesario aclarar el oftalmólogo. --Se puede ver sólo en el ámbito aparentemente gris de la penumbra, donde luz y sombra se complementan en la forja del espacio y las cosas: lo visible a simple vista. 

--Ni la pura luz de los encandilados (iluminados los mal llaman los tendenciosos) ni la ceguera de los obstinados --dice otro-- sino, en cambio, la visión multicolor de la luz quebrada en el arcoíris de la realidad material y su infinidad de matices cambiantes, nunca estables.

--¿Existe lo que nadie ve?--se pregunta el filósofo de café. 

--Tal vez exista--le responde el otro, filósofo también--lo que ve la fantasía. 

--No hay más--dicta un tercero, decidido y categórico--que lo que la mente concibe.



30/8/19

El dogma del mundo

Por poco acudido que esté el café, no faltan los parroquianos de siempre, los ahora viejos clientes de los años en que se encontraba aquí medio mundo a conversar y resolver los problemas de la otra mitad del mundo. 

Alrededor de la mesa de costumbre tres de ellos platican como lo han hecho siempre.




--Se forma uno, por una u otra razón, ideas peculiares de las cosas y de uno mismo-- comenta con su característica humildad uno de ellos. 

--No todos, por cierto. Están los que comulgan con ruedas de molino.

--De cierto modo-- continúa el primero, como si no hubiera oído al otro-- uno se inventa la realidad, con uno mismo incluido como inventor e inventado. 

--El idealista de siempre.

--Pero-- sigue con su argumento-- no hay ninguna certeza de que esas imágenes o ideas de lo que es la realidad y se es uno en ella sean adecuadas a lo que pretenden representar.

--Tal vez no, pero nos sirven lo más bien para ir tirando sin volvernos locos-- comenta el que se las da de cuerdo y sabio porque admira a los estoicos.

--De lo que se puede estar seguro --continua el primero-- es de que no hay ninguna idea o representación perfecta de la realidad, ninguna verdad que defender, ningún modelo impecable que adoptar. 

--Salvo, claro está --corrige el de las ruedas de molino-- aquéllos que los matones de la tribu nos imponen como principios universales.

--Tú los has dicho --concluye el estoico-- y no hay más vueltas que darle al asunto.


21/8/19

Un diálogo sobre peras y olmos

Conversan dos viejos parroquianos, de los pocos que todavía frecuentan el café:

 --No entiendo por qué te limitas de esta manera.
--Qué me queda. Soy de los que no nos decidimos a nada.

A tal observación, y viniendo de quien viene, qué se le puede argüir. No dice nada.

--Se es como se es--añade el indeciso.
--De eso no cabe duda.
--Y por lo mismo es que ni siquiera se me ocurriría tratar de hacer lo que otros me recomiendan que haga. Entiendo perfectamente cómo lo que me sugieren tiene sentido y parece una solución harto adecuada a las circunstancias. Pero no tengo cómo hacerles caso. Me hablan de lo imposible.
--Aún así...
--No. Porque aunque tratara no llegaría a nada.
--"No hay peor negocio que el que no se trata", dicen.
--Los dichos dicen muchas tonterías.
--¿Como el de las peras y el olmo, por ejemplo?
--Ése acierta. Es de los que tienen razón. No hay que pedirle peras al olmo.
--Pero tampoco hay que hacer leña del que no da la fruta que se le pide y que no puede dar.
--Bonita manera de ponerlo. Si no me equivoco hay un poema de Machado que viene al caso.
--Nunca falta el poema que viene al caso. Y sí, me recuerdas el olmo de Machado.
--Por viejo será.
--Por olmo, que a pesar de todo, sigue en pie, carcomido, pero en pie y echando hojas nuevas.
Toma el celular y algo busca. Lee:


Al olmo viejo, hendido por el rayo 
y en su mitad podrido, 
con las lluvias de abril y el sol de mayo 
algunas hojas verdes le han salido. 

¡El olmo centenario en la colina 
que lame el Duero! Un musgo amarillento 
le mancha la corteza blanquecina 
al tronco carcomido y polvoriento. 

No será, cual los álamos cantores 
que guardan el camino y la ribera, 
habitado de pardos ruiseñores. 

Ejército de hormigas en hilera 
va trepando por él, y en sus entrañas 
urden sus telas grises las arañas. 

Antes que te derribe, olmo del Duero, 
con su hacha el leñador, y el carpintero 
te convierta en melena de campana, 
lanza de carro o yugo de carreta; 
antes que rojo en el hogar, mañana, 
ardas de alguna mísera caseta, 
al borde de un camino; 
antes que te descuaje un torbellino 
y tronche el soplo de las sierras blancas; 
antes que el río hasta la mar te empuje 
por valles y barrancas, 
olmo, quiero anotar en mi cartera 
la gracia de tu rama verdecida. 
Mi corazón espera 
también, hacia la luz y hacia la vida, 
otro milagro de la primavera.









9/8/19

Un viejo eterno

Algunos dicen que don Baruj no fue nunca joven. Que ha tenido siempre la edad que tiene, que ha de ser--por lo que parece--la edad innumerable de la inmortalidad.


Como patriarca bíblico o personaje del mito, don Baruj pervive, multiplica sus días sin sumarlos a una edad de lo perecedero.

Es lo que dicen.

Cuentan que ya frecuentaba este café años atrás, cuando lo tendrían de contertulio nuestros abuelos. 

Esos abuelos que más de alguna vez comentaron en alguna sobremesa de lo curioso que era. De lo intrigante de su presencia, de sus palabras y de sus silencios de ensimismado.

28/7/19

Decires del crepúsculo


Masculla el viejo para sí mismo lo que bien sabe a nadie le interesa oír. Lo hace casi sin darse cuenta, habituado como está desde hace algunos años a hablar a solas. Las paredes--dicen-- tienen oídos y escucharán lo que dice; pero no responden, impertérritas, reacias a la plática. Hubo un tiempo, sin embargo, cuando escuchaban y hablaban, reinas del chisme. Eso era cuando había otros a quienes escuchar, otros a quienes revelarles los secretos y las malas intenciones.
Ahora está solo. Lo rodean sus cuatro paredes de libros, mudos, entre los que corretean curiosos los ratones, compañeros del deterioro. De quienes lo acompañaban no va quedando nadie: el tiempo se ha encargado de cambiar las circunstancias y el elenco de quienes las viven. En la quietud--soledad--de su sala recuerda cuando era todavía centro de encuentros y conversaciones, lugar de las ilusiones.

Ya no tiene con quién hablar; ni sus viejos perros de ayer están con él. A su edad, piensa, no es justo tener un animal que lo acompañe porque se dará la situación cuando, faltando él, sufra el animal su ausencia.

BIen está que no haya nadie.

Masculla para sí mismo el viejo, sobreviviente del pasado, maravillas que a nadie, bien lo sabe, le interesa oir.