27/10/26

La seducción del café


--La tentación de la costumbre es lo que hace venir por la mañana al café de la esquina--le confiesa el parroqiano habitual a quien, reconociéndolo, se le ha acercado a saludarlo. 

--Café de la escritura, ¿sabe? Y a veces de la charla amena, como ahora--le dice, invitándolo a sentarse a su mesa. La suya, junto a la ventana, al fondo, que da a la calle lateral. 

Y pasa a explicarle que no le gusta quedarse en casa a las horas más productivas. Por alguna razón que no logra descubrir, quedarse a escribir en casa complica y dificulta el grato ejercicio---que puede en algunos casos ser gimnasia extrema---de producir, si no una página, un párrafo, al menos; o, a veces, con suerte, un par de líneas que merezcan ser leídas.

--Será--bromea--que no sé preparar un buen café--. Y bebe, gustoso, un sorbo de su taza.

--Razón suficiente para venir aquí---dice el otro.

--Sentado a mi escritorio en casa caigo en un estado de impotencia en el que se equipara el blanco del papel al de la mente. 

--¿El temible writer's block del que tantos hablan?

--Nada de eso. Pero tengo que admitir, con cierta vergüenza, que es una excusa inadmisible, propia de escritores que, haciéndonos las víctimas de un oficio que nada tiene de extraordinario, acusamos a fuerzas superiores, taimadas y torturantes, de no dejarnos dar pie con bola cuando tratamos de redactar nuestras ocurrencias e invensiones. Pero si es una dicha escribir, sólo que en casa no se me da tan bien como aquí.

Trata de explicar, no muy convencido de lo que dice, que hay algo contradictorio en la casa propia, como si ésta materializara una visión dual--de opuestos--de la realidad. Dualismo caprichoso de lo que gusta y lo que desagrada. Algo contradictorio hay en el concepto del hogar, el tan defendido y huidizo lugar propio. La casa es tanto lugar de estadía y refugio como jaula de un presidio, mazmorra, incluso.

--El café, en cambio--declara verboso de entusiasmo--es territorio libre de demonios carcelarios, lugar ameno en el que se entreduermen las musas de la inspiración y parlotean los faunos de la mente encendida. No por nada son sinnúmero los escritores que—desde filósofos y poetas hasta noveleros dominicales—han acaparado desde antiguo—con sus cuadernos y plumas fuentes, entonces, y ahora con sus tabletas y computadores de cables enredosos—las más bien diminutas mesas de los cafés intelectuales.

En efecto, es el cafe cómodo lugar en que se conjugan pasatiempo y creación en la perfecta soledad del lugar público. Los demás clientes proveen con sus movimientos y conversaciones el necesario susurro de un mar lejano o el rumor de una arboleda. 

La casa, en tanto, espera con sus múltiples distracciones y el camastro tentador del escritorio.

28/5/26

La rodilla rota de El Moisés.


Sabido es, y comprobable, que la estatua de Moisés en la Basílica deSan Pietro in Vincoli, en Roma, tiene una rodilla levemente dañada. La tradición atribuye el daño a un golpe de martillo que Miguel Ángel, su autor, le diera a la escultura al terminarla, exclamando---como lo haría con el ser humano el demiurgo creador de la vida---: "Parla". Tal era de perfecta su creación, tal su convicción de creador.



Otro creador, que también debió sentir como Miguel Ángel el espíritu divino de su talento, al contemplar la escultura herida escribe como artista menospreciado por el mundo moderno :

"Quién sabe. ¿Por qué no ha de haber en el alma inefable de un capolavoro, el melancólico despecho de no ser bien mirados? ¿Por qué el espíritu nobilísimo de las cosas bellas no ha de encogerse de angustia ante el enfermizo reflejo de las miradas de hoy? ¿Quién se atrevería a negar que esta tristeza no modifica al aspecto mismo, la fisonomía, la expresión de la obra de arte? ¿Quién podría afirmar que el Moisés de Miguel Angel, es hoy el mismo que hace doscientos años, que antes aún, cuando el maestro que esculpía las tablas de la ley soñando en el haz de rayos de Zeus, golpeaba con su martillo el mármol vital, ordenándole el movimiento y la acción?"


Esto lo dice en Peregrinaciones quien de estas cosas sabía: Rubén Darío.


27/5/26

Pecado original

--Supongamos--nos insta el atrevido--que al darse cuenta El Sin Nombre del error que había cometido al disñar al ser humano remedándose a sí mismo, inventó el tortuoso concepto del pecado. El original.

Hizo, por lo mismo, cercar de una empalizada inexpugnable de lanzas ígneas su Ganedén y les hizo creer a sus crédulas e ingenuas creaciones--el pobre Adán y la Eva desdichada-- que el ábol más frondoso y munificente del jardín, el de los más deliciosos frutos, no estaba al alcance de sus manos ni les era posible disfrutar de su aromática sombra. Y les hizo, así, sentir la curiosidad insaciable de los prevenidos.  

Convenció, además, al demonio insatisfecho, con promesas de absoluto poderío, que tomara forma insidiosa de serpiente tentadora y puso en la fruta--la del mosdisco sensual originario, inaugurador del tormento--la droga alucinógena de la ilusión de trascendencia y el vendaval de todos los deseos: la afición desaforada a la vida: ansia insaciable que declaró pecaminosa y justificada razón del castigo y la condena.

Mezquina envidia del que se sintió usurpado por la propia errónea creación de su soberbia.

Peca contra el creador quien vive. 

Confundido de ardores se equivoca el creado y los reprime, temeroso de los guardias emplumados, espías del resentido. 

Quien desea peca, peca y reincide quien ha recibido la envidiable vida.

8/3/26

Habla el quietista

Sé que hago mal—confiesa el quietista—, muy mal; pero no puedo evitarlo: me excuso de actuar. Opto por no hacer nada. Y aunque el remordimiento me acose y perturbe, su efecto negativo no compara en intensidad con el daño que me haría tratar de actuar como se espera que lo haga. 

Me atengo a la quietud y al silencio.

No se me culpe de ello. No es la razón la que me dicta esta conducta sino mi naturaleza y sus leyes inviolables del menor esfuerzo y de la menor resistencia. 

Me gustan esos adverbios de lo mínimo, términos tan adecuados a una situación como la mía, la del escapismo y la retirada.

Hay tanta o más perfección en la inactividad pasiva como en esos heroísmos ansiosos de la acción y sus gesticulaciones maximizadas hasta el absurdo en la retórica de las efemérides y sus himnos estentóreos, tan chillones y exagerados como la coreografía de ceremonias celebratorias de las masacres y las explosiones.

A los superlativos de esta armada invencible de las gentes de acción —ya no se puede decir solamente “hombres de acción” porque no menos prepotentes se muestran al fin las mujeres, que antes se veían limitadas al silencio y la queja entre dientes—a esos aumentativos, digo, que apenas le hacen justicia a tantísima acción admirable, a esos signos de exclamación poco pueden oponer las humildes, las susurradas voces de la pasividad y de lo mínimo.

8/2/26

El silencio de las palabras


 —Puede uno escribir todo lo que quiera y no decir nada.

    Lo dice quien ha de saber del asunto. 

    Lo dejamos hablar porque lo hace para sí mismo.

    —La palabra engaña—continúa—hace creer que se la entiende. Propone ideas equivocadas. Lo que pudo tener sentido ayer ya no lo tiene ahora.

    Sentimos que tendrá razón, aunque insista en que las palabras no dicen lo que pretendemos digan.

    Y entra en una de sus peroratas:

    —Se imagina el santón que ha de alcanzar la perfección orando. Y ora todo el día la misma oración, las mismísimas palabras, sin saber qué dice.

    

    Piensa el filósofo que ha dado con la verdad absoluta, pero no la puede decir: no la entiende.


    Nadie entiende—ni siquiera el propio profeta—lo que predice o condena, pero su voz conmueve y mueve multitudes.

    

    Conmueven con sus borborigmos los poetas y se confunden en sus trabalenguas.

    

    Todos hablamos a la vez: damos de voces algunos, algunos murmuramos. Otros hablamos en lenguas sagradas o en idiomas prohibidos. Y nadie escucha a nadie. Las palabras se multiplican en ecos y acaban disipándose en el aire, se las lleva el viento: enmudecen.


27/10/25

Un diálogo inconsecuente


---No hay acción ni inacción que no tenga sus consecuencias---observa el moralista del grupo.---La ley es implacable---añade--: paso que se da consecuencia que se paga. 

---Podría ponérselo de forma no tan negativa---sugiere el optimista---y decir, por ejemplo: paso que se da premio que se gana.

---Claro está, y es bien sabido---observa un tercero, después de un satisfecho sorbo de su copa---que los premios no son nunca lo que parecen.