28/5/26

La rodilla rota de El Moisés.


Sabido es, y comprobable, que la estatua de Moisés en la Basílica deSan Pietro in Vincoli, en Roma, tiene una rodilla levemente dañada. La tradición atribuye el daño a un golpe de martillo que Miguel Ángel, su autor, le diera a la escultura al terminarla, exclamando---como lo haría con el ser humano el demiurgo creador de la vida---: "Parla". Tal era de perfecta su creación, tal su convicción de creador.



Otro creador, que también debió sentir como Miguel Ángel el espíritu divino de su talento, al contemplar la escultura herida escribe como artista menospreciado por el mundo moderno :

"Quién sabe. ¿Por qué no ha de haber en el alma inefable de un capolavoro, el melancólico despecho de no ser bien mirados? ¿Por qué el espíritu nobilísimo de las cosas bellas no ha de encogerse de angustia ante el enfermizo reflejo de las miradas de hoy? ¿Quién se atrevería a negar que esta tristeza no modifica al aspecto mismo, la fisonomía, la expresión de la obra de arte? ¿Quién podría afirmar que el Moisés de Miguel Angel, es hoy el mismo que hace doscientos años, que antes aún, cuando el maestro que esculpía las tablas de la ley soñando en el haz de rayos de Zeus, golpeaba con su martillo el mármol vital, ordenándole el movimiento y la acción?"


Esto lo dice en Peregrinaciones quien de estas cosas sabía: Rubén Darío.


27/5/26

Pecado original

--Supongamos--nos insta el atrevido--que al darse cuenta El Sin Nombre del error que había cometido al disñar al ser humano remedándose a sí mismo, inventó el tortuoso concepto del pecado. El original.

Hizo, por lo mismo, cercar de una empalizada inexpugnable de lanzas ígneas su Ganedén y les hizo creer a sus crédulas e ingenuas creaciones--el pobre Adán y la Eva desdichada-- que el ábol más frondoso y munificente del jardín, el de los más deliciosos frutos, no estaba al alcance de sus manos ni les era posible disfrutar de su aromática sombra. Y les hizo, así, sentir la curiosidad insaciable de los prevenidos.  

Convenció, además, al demonio insatisfecho, con promesas de absoluto poderío, que tomara forma insidiosa de serpiente tentadora y puso en la fruta--la del mosdisco sensual originario, inaugurador del tormento--la droga alucinógena de la ilusión de trascendencia y el vendaval de todos los deseos: la afición desaforada a la vida: ansia insaciable que declaró pecaminosa y justificada razón del castigo y la condena.

Mezquina envidia del que se sintió usurpado por la propia errónea creación de su soberbia.

Peca contra el creador quien vive. 

Confundido de ardores se equivoca el creado y los reprime, temeroso de los guardias emplumados, espías del resentido. 

Quien desea peca, peca y reincide quien ha recibido la envidiable vida.

8/3/26

Habla el quietista

Sé que hago mal—confiesa el quietista—, muy mal; pero no puedo evitarlo: me excuso de actuar. Opto por no hacer nada. Y aunque el remordimiento me acose y perturbe, su efecto negativo no compara en intensidad con el daño que me haría tratar de actuar como se espera que lo haga. 

Me atengo a la quietud y al silencio.

No se me culpe de ello. No es la razón la que me dicta esta conducta sino mi naturaleza y sus leyes inviolables del menor esfuerzo y de la menor resistencia. 

Me gustan esos adverbios de lo mínimo, términos tan adecuados a una situación como la mía, la del escapismo y la retirada.

Hay tanta o más perfección en la inactividad pasiva como en esos heroísmos ansiosos de la acción y sus gesticulaciones maximizadas hasta el absurdo en la retórica de las efemérides y sus himnos estentóreos, tan chillones y exagerados como la coreografía de ceremonias celebratorias de las masacres y las explosiones.

A los superlativos de esta armada invencible de las gentes de acción —ya no se puede decir solamente “hombres de acción” porque no menos prepotentes se muestran al fin las mujeres, que antes se veían limitadas al silencio y la queja entre dientes—a esos aumentativos, digo, que apenas le hacen justicia a tantísima acción admirable, a esos signos de exclamación poco pueden oponer las humildes, las susurradas voces de la pasividad y de lo mínimo.

8/2/26

El silencio de las palabras


 —Puede uno escribir todo lo que quiera y no decir nada.

    Lo dice quien ha de saber del asunto. 

    Lo dejamos hablar porque lo hace para sí mismo.

    —La palabra engaña—continúa—hace creer que se la entiende. Propone ideas equivocadas. Lo que pudo tener sentido ayer ya no lo tiene ahora.

    Sentimos que tendrá razón, aunque insista en que las palabras no dicen lo que pretendemos digan.

    Y entra en una de sus peroratas:

    —Se imagina el santón que ha de alcanzar la perfección orando. Y ora todo el día la misma oración, las mismísimas palabras, sin saber qué dice.

    

    Piensa el filósofo que ha dado con la verdad absoluta, pero no la puede decir: no la entiende.


    Nadie entiende—ni siquiera el propio profeta—lo que predice o condena, pero su voz conmueve y mueve multitudes.

    

    Conmueven con sus borborigmos los poetas y se confunden en sus trabalenguas.

    

    Todos hablamos a la vez: damos de voces algunos, algunos murmuramos. Otros hablamos en lenguas sagradas o en idiomas prohibidos. Y nadie escucha a nadie. Las palabras se multiplican en ecos y acaban disipándose en el aire, se las lleva el viento: enmudecen.


27/10/25

Un diálogo inconsecuente


---No hay acción ni inacción que no tenga sus consecuencias---observa el moralista del grupo.---La ley es implacable---añade--: paso que se da consecuencia que se paga. 

---Podría ponérselo de forma no tan negativa---sugiere el optimista---y decir, por ejemplo: paso que se da premio que se gana.

---Claro está, y es bien sabido---observa un tercero, después de un satisfecho sorbo de su copa---que los premios no son nunca lo que parecen.


30/9/25

Las memorias de don Baruj

A lo largo de los años ha ido don Baruj tomando notas en sus libretas de bolsillo con la idea de algún día, ya viejo, usarlas en lo que podrían ser unas memorias para sí mismo, algo así como un recuento y examen de conciencia afirmativo del ser que hasta el momento ha sido y está presente. Un ejercicio de sentimentalismo vital: función del ego—su yo más íntimo---que ante su caducidad se reafirma.  

Abre una de sus últimas libretas con el siguiente texto, que podría ser introductorio:

“Esta vez inicio la libreta nueva con la ambigua impresión de estar cumpliendo con un deber y  cometiendo al mismo tiempo un error cometido ya demasiadas veces antes. Es la tónica incierta de los tiempos: mis tiempos personales que entretejen, enredan y anudan gratas e ingratas memorias, nostalgias culpables, precisas certezas y presentimientos reprochables”.

Con “Qué puede esperarse a la edad a que he llegado” concluye el brevísimo resumen de lo que sus múltiples libretas contienen.

Al irlas revisando siente don Baruj que desde el pasado se habla a sí mismo, con su voz de entonces, justificándose. 

“¿Son las memorias”, se pregunta en alguna página meditabunda, “una forma de egoísmo arrepentido: una defensa de quien ha sido?” Y considera la posibilidad de no escribirlas sino sólo mentalmente.