18/6/18

Del polvo al polvo, en todas partes polvo

El futuro inmediato—casi presente—es tan impredecible e inesperado como el futuro distante, ése que se mal inventa desde el momento de la vivencia. Lo impredecible impera, y con éste el caos: el desorden de lo que va sucediendo y de lo que deja atrás, como deja un desbarajuste la tormenta que pasa estrepitosamente, el maremoto perfectamente atenido a las leyes del desorden o el general pagado de sí mismo que no entiende la derrota.

Vivir, entonces, no es otra cosa que un inútil ordenar lo que apenas ordenado se desordena como cabellera al viento que la despeina. No hay un cese en el barrer el polvo, desecho del que se viene y al que se va, mordiéndolo a menudo, echándoselo a menudo sobre la cabeza de pelos arrancados a tirones de melodrama.


Lo dice, con lúcido cinismo de Eclesiastés, la carraspera final del último verso del decisivo soneto, triunfo y cenotafio del sentir saber barroco, que no sabe de incertidumbres: todo termina

          “en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada”.

La monja lo acata y desmiente la lisonja de lo falso, tal vez airada: la aparente belleza de lo vivo

                                  “es cadaver, es polvo, es sombra, es nada”.

En su peana se sonríe mudo el buda.






3/6/18

La espera de la espera


Mientras el viejo computador--modelo ya obsoleto pero activo--carga los programas uno puede contar cómo se pasa el tiempo en nada, como cuando se está detenido ante un semáforo en rojo que nunca cambia o cansadamente en pie en una cola en el correo, interminablemente inmóvil. 


Tiempo desperdiciado en la impaciencia de la espera. 

Se vive esperando y consiguiendo muy poco o nada cuando la espera concluye. 

Entre el deseo y la satisfacción hay también un hondo vacío, lugar de la ansiedad y el desengaño. 

1/6/18

Ni adverbios ni adjetivos

¿Se puede, sin adverbios ni adjetivos, escribir emotivamente?

Buen ejercicio sería negarse el regocijo de unos adjetivos acertados y más aun de tanto adverbio que a veces parecieran hablar de más.

La propia oración en que se propone el ejercicio lleva palabras de más, según la propuesta. ¿Podría haber dicho: "Un ejercicio sería negarse el regocijo de los adjetivos y de los adverbios que sobran". Pero aun así la oración adjetiva no debería haberse usado. Sobra.

¿Piensa uno sin adjetivar? ¿Siente sin adverbios que empapen de emoción la acción narrada?

Parece improbable.

Se ha repetido hasta el hastío aquello de que "el adjetivo cuando no da vida mata", nada errada observación del poeta que se concibió como creador, dador él mismo de vida en la palabra.

Florece la rosa. Si es blanca o roja no debiera importar. Para Martí, sin embargo, el adjetivo visual es de suma importancia simbólica. Pero se puede optar por cultivar para el amigo una rosa, no importa del color que sea, y para el otro un cardo, que no necesita adjetivos que por si sólo es enemigo del que lo toca.

¿Puede la patria no ser suave y tienen que ser tristes los versos de una noche en que titilan los astros a lo lejos?

Otro ejercicio, más exigente y profundamente poético, consistiría en escribir usando solamente pronombres demostrativos.

La página escrita ardería de emociones.
 

25/5/18

En una de sus cartas (1908-1917) a Max Daireaux Marcel Proust se compara, en importancia, con una pulga junto a la Torre Eiffel.

Refiriéndose al director del "Supplément" de Le Figaro escribe: "je suis coté de lui à peu près comme une puce a coté de la Tour Eiffel".

Continúa, con cierto humor, diciendo que a pesar de todo y en su condición de pulga, saltó del gozo de poder demostrarle a su amigo su aprecio al hacer todo lo posible por que le publiquen sus fantasías: "Néanmoins en cette qualité de puce je suaté avec joie sur l'occasion de vous témoigner mon zèle et ferai tout possible pour insérer vos fantasies".

Nota vergonzosa: Como no he instalado el teclado francés, la palabra "coté" la he escrito sin el acento circunflejo que debe llevar sobre la o.

La mariposa de los ojos

Tiene la mariposa, por su delicado aspecto y su vuelo caprichoso, un especial encanto que sugiere infinidad de símiles, metáforas, símbolos, alegorías y ensueños de todo tipo.

Entre esta variedad, una breve observación de Virginia Woolf--perspicaz observadora--en su ensayo "Street Hunting" ("Cacería callejera" suena como una linda traducción) destacaría por lo ingeniosa y refinada ecuación del ojo observador y la mariposa: "For the eye has this strange property: it rests only on beauty; like a butterfly it seeks colour and basks in warmth."


Bien dice, porque el ojo, como una mariposa que revolotea indecisa y deseosa entre flor y flor, se posa aquí y allá en su ansiosa búsqueda de la belleza. Y como la mariposa, siempre la encuentra, siempre da con el pistilo empapado de dulzor y bebe ensimismado.

14/5/18

La ausencia de don Baruj

Don Baruj dejó de venir varias semanas. Al principio, a los tres o cuatro días de ausencia, supusimos que, como ya lo había hecho otras veces, andaría de viaje. Pero cuando pasaron una semana y dos sin que se apareciera en el café comenzamos a preocuparnos. Llegamos a pensar, los más melodramáticos, en lo peor y que ya no lo veríamos entrar calladamente como siempre lo ha hecho y pasar entre las mesas hasta la suya en el rincón junto a la ventana que da a la calle. Esa calle que a él le gusta contemplar por la gente que va y viene--de pasada--por la pantalla viva del cristal que le permite mirar el mundo exterior desde el retiro de su propio mundo.

Hacia la quinta semana de ausencia, por fin alguien lo vio comprando unas alcachofas en la verdulería del barrio y alguien más dijo haberse topado con él en el paseo de la costanera, donde caminaba lentamente contemplando el mar, agitado esa mañana después del temporal. No se atrevieron a hablarle porque uno lo vio completamente concentrado en elegir la mejor verdura y el ensimismado frente al mar, obviamente inaccesible.


Dos días después de estos encuentros don Baruj vino al café y, como si no hubiera estado ausente más de un mes, caminó como siempre entre las mesas hasta la suya.

Por cierto, ninguno de nosotros--conociéndolo--dimos muestra alguna del contento que nos produjo verlo de nuevo.

Mientras esperaba que lo fuéramos a atender, sacó don Baruj del bolsillo interior de la chaqueta una flamante libreta importada y una pluma también probablemente nueva--en cada viaje que hace compra al menos una que agrega a las tantas que ya tiene--y se puso a escribir. Apenas si levantó la cabeza para ordenarle al mesero lo que éste ya le traía ostentosamente en bandeja: un juego de té de porcelana, la tetera humeante de la infusión recién preparada.

--Bienvenido, don Baruj--le dijo el muchacho sin poder contener su alegría.

--Gracias--respondió don Baruj. Y cuando el mesero ya se iba agregó--¿No lo soy todos los días?¿Por qué decírmelo ahora?

Nos quedamos sin saber la razón de su ausencia de tantos días.

--Yo diría--dijo el que dice conocerlo bien--que andada de viaje en otra era. Se le nota en ese dejo de nostalgia con que mira hacia afuera. Como si esperara a alguien que no podrá venir desde el pasado.

10/5/18

Cigarras en la selva

En su libro de notas de un escritor, A Writer's Notebook, Somerset Maugham describe las impresiones que le produce la jungla cuando navega por el río Sarawak, en Malasia. Particularmente memorable es su sensación auditiva y cómo la comunica:


“Hay un sonido incesante de cigarras, y el sonido tiene algo de furioso. Es continuo y monótono como el correr del agua de un riachuelo entre las rocas. De pronto lo silencia el sonoro canto de un pájaro cuyas notas son las de un tordo ingles”.

There is the ceaseless sound of the cicadas, and the sound has a sort of fury. It is as continual and monotonous as the rushing of a brook over a rocky bed. Then suddenly it is silenced by the loud singing of a birdhouse notes are those of an English blackbird."(187)