10/2/20

Consideraciones vespertinas de don Baruch

Al caer la tarde--escribe don Baruj en su libreta de bolsillo--me contenta estar, como a solas, en el café acudido de clientes que buscan compañía.

Como los muchachos del café lo conocen, ninguno viene a interrumpirlo en su retiro.

--Ésta ha sido para mí, desde siempre, la hora del saberme solo, desolado a veces--comenta ensimismado--y como a tal la acepto y atesoro.


Uno de ellos, sin embargo, le lleva a su mesa, sin decir una palabra, su té vespertino: taza y tetera, tostadas y un pocillo de mermelada de naranja amarga.

--Largo ha sido el proceso de aprender a superar el temor a estar solo: prolongado y complicado a través de los años al ir y venir de un lado a otro haciendo amistades que se olvidan, volviendo día a día del ajetreo diurno al recoleto retiro vespertino.

No hay quien recuerde cuándo vino don Baruj por la primera vez al café y se sentó a la mesa del rincón que es todavía la suya y no hay quien se la usurpe.

--Me siento junto a la ventana desde la que se ve el crepúsculo tras la arboleda del parque. Dejo de escribir un rato para contemplarlo.

Lo ven dejar la pluma, cerrar la libreta y servirse una taza de té. Al poco se encienden las luces de la calle y el interior del café se refleja en los cristales de la puerta de entrada y las ventanas.

--Está el café deleitablemente activo, con su barullo ajeno a mí. Desde mi silencio observo y me escabullo.

Su mesa pareciera, por alejada al fondo, estar en sombra.

--Sin ni siquiera darme cuenta y sin pretenderlo, oficio del hábito, tomo la pluma, y mi mano va dibujando en el papel el garabato largo, filigrana de palabras, que pareciera decir algo. Gratamente satisfecho del instante--escribe--me alegro de lo terso y firme del papel que acepta el nervioso rasguñar de la pluma que lo tiñe.

--Imponderable momento vespertino del encuentro, en medio de la gente y su clamor, con mi yo que escribe: el complicadamente solitario.

21/1/20

Geronto café






Pasada la hora pico, calmas las calles, sin tráfico; calmos también los cafés después del ajetreo de los desayunos a la ligera, se hacen presentes, de a uno, de a poco, los viejos que esperaban desvelados, desde la madrugada, el momento de habitar el mundo que los otros, los apresurados, les dejan libre por unas horas.


Van llegando al café del hábito y se acomodan, a solas o en grupos, a pasar la mañana ociosa, mascullando por lo bajo lo suyo los solitarios,
conversando--perorando más de alguno--compartiendo su aburrimiento,
los gregarios.


De a dos, de a 3, de a cinco, comparten con cloqueos y carrasperas
su abrumante irrelevancia.

El tiempo para ellos pasa apenas, como esas aguas lentas del pantano,
las que acaban detenidas, malolientes, en el pútrido fango de los
cangrejos carroñeros. 

20/1/20

Fervor de lo manido

No siempre es de fútbol, política o achaques de lo que discuten los clientes del café, esos viejos ociosos que se pasan las horas conversando entre ellos sin necesariamente prestarle mucha a atención a lo que los otros dicen. 

Hablan de nada y de todo.

--Estamos hablando por hablar--critica, de pronto aburrido, uno de ellos, el que más habla.

--Somos humanos y, como lo decían los antiguos con sus epítetos certeros, los dioses nos dotaron la palabra. 

--Somos animales parlanchines--interviene el humorista.

--Y hablamos por hablar lo que todos hablan--sentencia el clasicista, el más sabido de los tres.

Y el que abrió el tema con su queja, muy a su manera, se lanza a perorar. 

Conociéndolo bien, los otros callan.

--Una infinidad de muy diversas cuestiones nos entretiene y mortifica constantemente.

--Condición de los mortales--dice alguno por lo bajo, sin intensión de interrumpir.

--No pocas de ellas--continúa el que perora--connaturales a la especie, son comunes a todos: a la ingente multitud de los que somos hoy, de los que fueron ayer desde los orígenes, y de los que serán en lo que quede de la presencia humana en el universo. 

Y ya no hay quien lo calle ni lo escuche. 

--Y esos varios asuntos persisten obsesivamente a toda hora en la mente de cada cual, de cada uno y de todos los miembros del organismo activo que es la especie humana.

Habla a solas

--Son--sigue, pensando ahora para sí mismo--los temas de siempre, los repetitivos, que entusiasman a muchos (fervor de lo manido) con sus diversos dogmatismos y acaban por angustiar a otros hasta el extremo del tedium vitae.

Por un instante los otros esperan que diga algo.

--Pocos son, 
desafortunadamente--piensa, desentendido--los que, dotados de extrema curiosidad, se atreven a excursionar fuera de los límites de lo consabido y abrirles paso a otras consideraciones, a asuntos diferentes, renovadores, que nunca nadie toma en cuenta.



Labor debiera ser--y lo es--de la filosofía, es decir de la pasión de saber que motivan las ciencias y las artes, escudriñar entre lo obtuso y obsesivo del saber manido y desentrañar otras menos ajadas preocupaciones.

Resuenan en la mesa del café las piezas del dominó con que sus amigos se entretienen


29/12/19

Baroja y Baruj

Baroja y Baruj suenan muy parecido, se diría que son nombres emparentados. 

Si no lo son, al menos quienes los llevan--Pío Baroja y don Baruj--tienen no poco en común. Sienten y piensan parecido; miran el mundo con muy parecidos lentes críticos y hablan los dos sin pelos en la lengua.

Rara virtud--que otros llamarán defecto--eso de mirar críticamente alrededor y hacer sin remilgos las observaciones que correspondan.

Aunque no siempre tengan razón y a veces hablen con demasiada impertinencia, quienes como ellos mucho critican, sin tapujos ni temores de herir, contrarrestan con su actitud la persistente hipocresía de los que más hablan y predican. . . , de los que más se escuchan.

Ante la engañifla de tanta palabrería y tanta faramalla y apariencias de una sociedad que siente y piensa "como se debe", la palabra directa, la observación certera, la voz sincera de algunos como Baroja y don Baruj reclaman su importancia.

Y el que quiera oír, que oiga.

--Cada cual--dice don Baruj--es libre de entender lo que le viene en ganas.

--Y con su pan se lo coma--añadiría probablemente Pío Baroja si estuviera en el café de la tertulia.




22/9/19

El pesimismo de don Baruj

--Me preocupo más de la cuenta--piensa don Baruj con algo de acusatoria culpabilidad. Sabe muy bien de qué pie cojea y admite su debilidad: dejarse amenazar por su propia imaginación un tanto pesimista.

--El pesimismo--ha dicho alguna vez--tiene sus virtudes: disuadir de hacerse ilusiones y proteger de caídas en entusiasmos enceguecedores.

No pareció convencer a muchos su raciocinio: los optimistas son tozudos. 


--Como defecto tiene--añadió en esa oportunidad--el que fomenta cinismos depresivos que conducen a un quietismo de abandono. Induce también el temor desconfiado del futuro y sus inevitables viscisitudes.

Contrario al optimista, que es apasionado y activo--según don Baruj--el pesimista es pasivo y temeroso de toda forma de emotividad.

--Se mueve--dice don Baruj--cautelosamente y, a veces, preocupado más de lo que debiera.

13/9/19

Ideas fijas

Todos llevamos en la cabeza --nos dice don Baruj-- y en el sistema nerviosos entero --o más bien en las propias tripas-- una serie de certezas ya aprendidas aquí y allá, ya razonas por nosotros mismos, ya caprichosamente adoptadas porque se nos ocurren de repente, nos parecen certeras y no admiten reproche o duda alguna. 

Son nuestras ideas fijas, el mapamundi de nuestra personalísima esfera.

                                                     
                                                         Rodrigo de la Sierra

3/9/19

Concepción del mundo

Tres de los parroquianos de siempre, filósofos orales --orates de café dice uno de ellos-- conversan a media tarde. No hay nadie más en el local agigantado por la ausencia de ese público que alguna vez lo repletó de conversaciones. 



--"Sólo sé que nada sé" dijo un sabio. 

--Sabio también el que lo cita. 

--Saber es no saber, es reconocerse imperfecto, no por ignorancia, que es no querer averiguar, sino por esencial incapacidad humana. 

--El ignorante, dirás, se da por satisfecho y fanfarronea. 

--Si lo hace es porque en su ignorancia se cree saberlo todo, incluso la verdad, esa suma de pretensiones, ese engaño: la artimaña del dogma, modelo de lo inventado.

--Ciertamente. Y ya los has dicho alguna vez: Todo dogma se diseña y se designa en blanco y negro; ninguno de ellos admite la riqueza varia del color ni la sutileza del claroscuro ni del esfuminado.

--Habla el dibujante y pintor. Buenas tus imágenes de lo obtuso.

--El blanco es pura luz--aclara el visualizado--, el negro total carencia de ella. 

--Uno encandila, el otro ciega--cree necesario aclarar el oftalmólogo. --Se puede ver sólo en el ámbito aparentemente gris de la penumbra, donde luz y sombra se complementan en la forja del espacio y las cosas: lo visible a simple vista. 

--Ni la pura luz de los encandilados (iluminados los mal llaman los tendenciosos) ni la ceguera de los obstinados --dice otro-- sino, en cambio, la visión multicolor de la luz quebrada en el arcoíris de la realidad material y su infinidad de matices cambiantes, nunca estables.

--¿Existe lo que nadie ve?--se pregunta el filósofo de café. 

--Tal vez exista--le responde el otro, filósofo también--lo que ve la fantasía. 

--No hay más--dicta un tercero, decidido y categórico--que lo que la mente concibe.