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5/7/12
Una Mascota
A Genaro lo iban a matar. Tan cierto como que ahora lo llevaban, amordazado, atado de pies y manos con cinta canela, en el portaequipajes de ese automóvil sin placas, sin duda robado en la víspera. Conocía bastante bien a los sicarios como para estar al tanto de que les importaba un bledo su historia. Para ellos, él ya estaba condenado, fatalmente. Algo debe. Habrá pensado más de alguno de los que presenciaron la escena cuando lo levantaron. Eran las diez o las diez y media, la noche aun era joven para Genaro. Pero no lo era tanto para aquellos rezagados que de repente raleaban por las calles despoblando las cantinas; precipitándose hacia las paradas de los camiones urbanos con el propósito de no perder la última salida, parecían los encargados de entregar la plaza a los predadores nocturnos, a las putas y a sus clientes, a los borrachos insomnes atiborrados de coca, a los rateros y a sus compinches, a la horda de mendigos andrajosos que aprovechaban la noche para pepenar en los depósitos de basura del mercado viejo. Texto completo
El hombre del viento
No éramos demasiados. Habíamos pensado que era mejor quedarse bajo el árbol del patio, no en el interior de la casa porque era muy vieja, y además la vez anterior que hubo viento le había arrancado ya unas calaminas del techo. El árbol por lo menos nos protegía de la lluvia y del viento. Del viento huíamos, según la dirección de la cual soplaba. Ese día Onel no estaba con nosotros, había ido a buscar ramas para tapar el gallinero y la conejera, pues ya se acercaba la temporada de lluvias. Yo no tenía miedo a los rayos, nos habíamos acostumbrado a no tener miedo de nada, pues habíamos nacido con los temblores que tanto sacudían la casa. Era normal oír o sentir el sacudón que producían. Ese día sólo había viento, un viento pesado, duro, muy duro que golpeaba las paredes de la casa. Por eso salimos.
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Por Porfirio Mamani Macedo
El domingo de Elena
Te vi desde una esquina del teatro. Quisiera olvidar que hoy es domingo y corrías, y me besaste. Quisiera olvidar tu sonrisa, como loca. Abro la boca y aspiro el aire, se me mete el frío dentro del cuerpo. Estás sentada en mi butaca y el frío sale de ti. Yo respeto tu silencio, como cada domingo. Me dices que vienes de noche porque te gusta ver los puntos de luces en el mar. Y me hablas del edificio que tiene los balcones en forma de ataúdes. Creo que te sientes dentro de un ataúd, pero no hablas, no me cuentas sobre aquel domingo. Texto completo
Por Ingrid Brioso-Rieumont
Por Ingrid Brioso-Rieumont
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