8/2/26

El silencio de las palabras


 —Puede uno escribir todo lo que quiera y no decir nada.

    Lo dice quien ha de saber del asunto. 

    Lo dejamos hablar porque lo hace para sí mismo.

    —La palabra engaña—continúa—hace creer que se la entiende. Propone ideas equivocadas. Lo que pudo tener sentido ayer ya no lo tiene ahora.

    Sentimos que tendrá razón, aunque insista en que las palabras no dicen lo que pretendemos digan.

    Y entra en una de sus peroratas:

    —Se imagina el santón que ha de alcanzar la perfección orando. Y ora todo el día la misma oración, las mismísimas palabras, sin saber qué dice.

    

    Piensa el filósofo que ha dado con la verdad absoluta, pero no la puede decir: no la entiende.


    Nadie entiende—ni siquiera el propio profeta—lo que predice o condena, pero su voz conmueve y mueve multitudes.

    

    Conmueven con sus borborigmos los poetas y se confunden en sus trabalenguas.

    

    Todos hablamos a la vez: damos de voces algunos, algunos murmuramos. Otros hablamos en lenguas sagradas o en idiomas prohibidos. Y nadie escucha a nadie. Las palabras se multiplican en ecos y acaban disipándose en el aire, se las lleva el viento: enmudecen.


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