15/6/19

Cinco poemas de Marisol Vera Guerra

Ana en el hipódromo

Esta noche espío a mi cuerpo
y me deleito en la negrura como las yeguas
cuando persiguen su propia sombra en la arena
a veces me hace bien
(sabes)
inyectarme un poco de veneno
igual que una vacuna
así
en el labio superior
en la vena cava o en los poros de la nariz
luego tomo la estopa
me sacudo
limpio los rastros de sangre y sigo
un pie y otro pie
hasta la línea que corta el horizonte:
es un buen escudo
contra los trenes
una manera más sutil de adulterio
en la que soy yo misma el jinete
y el caballo que cae a media pista
con el cuello destrozado
y se levanta
para avanzar un tramo
rodar de nuevo
avanzar
hacia ningún lado
no importa
¿entiendes?
fui hecha para incendiar muros
para sacar chispas a los rieles
(aún en esta hora
en la que todos somos tolvanera)
con mis manos que pulen el fuego
Alejandro Rosales Lugo

Nadie se acuerda de Héloïse Dubuc
Nunca quise ser esa mujer de pies fríos
agrietada entre las sábanas
que tiembla
aguardando la caricia del bisturí
aquella buena esposa
que no protagoniza ningún libro
–muerta o abandonada
en los primeros capítulos–
flaca
huraña
sin chiste
de formas simétricas
monocromáticas
abúlicas
que no lee novelas de caballería o de amor
ni siquiera revistas de Medicina
y no posee una buena renta
y
por supuesto
que no necesita comer arsénico
al llegar a casa

...
Mi madre me cortó la lengua al nacer
me quiso cortar también los pies
pero desde que estaba en su vientre
yo sabía volar. Ella me cuenta / ahora /
que la felicidad es una forma de arrancarse las raíces


Hoy no fui buena
ni encantadora
ni amable
hoy fui una sombra
ceñida en la mandíbula
una mujer un poco hambrienta de sí misma
que abrió el grifo y la cremallera
(afilado el cuchillo mondador sobre la piedra)
sin motivo
solo por ver qué se siente
no diré nada en mi defensa
estoy habituada a estos arrebatos:
gruñidos que suben y bajan escaleras
tambaleándose
(el síncope de un hombre en la mesa)
pero esta vez no
no fui linda
ni templada
Dejé que el espejo derramara mercurio
en mi boca: una palabra irascible
de esas que uno enmarca en el muro
como título de propiedad
con cierto cinismo
escarbando una brecha entre los dientes
Y no me quejo
pude haber salido de casa
iluminarme
bajo la copa perenne de los árboles
besar con gratitud el aire
en cambio
me eché sobre el suelo
perezosa y malcriada
para jugar con los hilos de mi falda
esbozando la magnética sonrisa
de un gato que desaparece


Lucha o huida

Él vuelve a mí
conduciendo un auto / no distingo
las placas ni el movimiento de la aguja 
el músculo tenso al volante 
el pedal hasta el fondo
antes ha llenado el tanque de gasolina
y la cajuela con latas de conserva
como haría un buen marido
o un comerciante
un tahúr en todo caso
que gana siempre las apuestas /
y recorremos largas avenidas
sin cerrar la ventana / el aire 
golpea mis quemaduras
mientras veo pasar los coches
sobre líneas de asfalto 
no cedo al impulso de mirar atrás
sé que el alba nos persigue
porque Él se quita el rostro
con las ondas theta definidas
desde un lóbulo hasta el otro
reciclando palabras que se hunden en mi cráneo
y no encuentro el switch 
para encender la glándula maestra / la manija 
liberadora del hastío
esa sonrisa a medias
ese vientre satisfecho
ese tacto pasivo en mi entrepierna
me hacen escupir una burbuja de oxígeno 
que se dilata entre los muros del sueño
no hay nadie debajo de la cama: 
un suelo escueto acaso los rumores
de una marioneta 
En la cocina 
el fuego duerme lejos de mi mano

No hay comentarios: