Hizo, por lo mismo, cercar de una empalizada inexpugnable de lanzas ígneas su Ganedén y les hizo creer a sus crédulas e ingenuas creaciones--el pobre Adán y la Eva desdichada-- que el ábol más frondoso y munificente del jardín, el de los más deliciosos frutos, no estaba al alcance de sus manos ni les era posible disfrutar de su aromática sombra. Y les hizo, así, sentir la curiosidad insaciable de los prevenidos.
Convenció, además, al demonio insatisfecho, con promesas de absoluto poderío, que tomara forma insidiosa de serpiente tentadora y puso en la fruta--la del mosdisco sensual originario, inaugurador del tormento--la droga alucinógena de la ilusión de trascendencia y el vendaval de todos los deseos: la afición desaforada a la vida: ansia insaciable que declaró pecaminosa y justificada razón del castigo y la condena.
Mezquina envidia del que se sintió usurpado por la propia errónea creación de su soberbia.
Peca contra el creador quien vive.
Confundido de ardores se equivoca el creado y los reprime, temeroso de los guardias emplumados, espías del resentido.
Quien desea peca, peca y reincide quien ha recibido la envidiable vida.
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