Sé que hago mal—confiesa el quietista—, muy mal; pero no puedo evitarlo: me excuso de actuar. Opto por no hacer nada. Y aunque el remordimiento me acose y perturbe, su efecto negativo no compara en intensidad con el daño que me haría tratar de actuar como se espera que lo haga.
Me atengo a la quietud y al silencio.
No se me culpe de ello. No es la razón la que me dicta esta conducta sino mi naturaleza y sus leyes inviolables del menor esfuerzo y de la menor resistencia.
Me gustan esos adverbios de lo mínimo, términos tan adecuados a una situación como la mía, la del escapismo y la retirada.
Hay tanta o más perfección en la inactividad pasiva como en esos heroísmos ansiosos de la acción y sus gesticulaciones maximizadas hasta el absurdo en la retórica de las efemérides y sus himnos estentóreos, tan chillones y exagerados como la coreografía de ceremonias celebratorias de las masacres y las explosiones.
A los superlativos de esta armada invencible de las gentes de acción —ya no se puede decir solamente “hombres de acción” porque no menos prepotentes se muestran al fin las mujeres, que antes se veían limitadas al silencio y la queja entre dientes—a esos aumentativos, digo, que apenas le hacen justicia a tantísima acción admirable, a esos signos de exclamación poco pueden oponer las humildes, las susurradas voces de la pasividad y de lo mínimo.
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